Mayor que la Suma de las Partes


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El arma mayormente usada hoy en día es probablemente la más dañina para ambos la víctima y quien la usa. Esa arma se llama “negatividad”.

El hombre moderno parece haber adquirido maestría en las artes de criticar, insultar, y empequeñecer al próximo, algo muy distinto de la crítica constructiva. Hallamos falta en todo lo que no nos gusta. En verdad, no todo lo que nos disgusta tiene defectos. Detesto comer espárragos; esto no significa que algo está mal con este vegetal o con su consumo. Simplemente no me gusta su sabor.

En Castellano sencillo: necesitamos suavizar el tono cuando no aprobamos de algo. Ser pro-vida es ser pro-persona. Toda persona es parte del todo, con sus virtudes y defectos.

Hallar falla en todo lo que nos suscita aversión nos pone en una situación resbaladiza sin que nos demos cuenta. De pronto nos parecemos juez, juria, y verdugo. Sin embargo, esto es lo último a lo que la persona de fe debería aspirar. Nuestro Señor Jesucristo dijo, “Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado”.

Claro está que criticar el perro, la casa, o la cena de otra persona no está al mismo nivel que juzgar si alguien ha cometido adulterio. Sin embargo, la materia es grave – aunque no tan grave como lo del adulterio. Nos enfrentamos a dos situaciones morales: justicia y caridad. Son caras opuestas de una misma moneda, y deben de ser tomadas muy en serio, ya que así lo hizo y lo quiso, Nuestro Señor.

Cuando criticamos, insultamos, u ofendemos sin razón, fallamos en justicia. Cuando decimos algo sobre una persona, un grupo, un evento, una organización, o hasta el mismo Estado, sin tener pleno conocimiento, fallamos en justicia y en caridad. San Pablo le recuerda a los Efesios: “No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino sólo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan” (4:12)

Nuestra tendencia es afirmar que la vida misma es problemática cuando las cosas no salen a nuestra manera – aun cuando la situación no sea trágica o hasta sea puramente natural, como la lluvia sobre el carro que acabamos de lavar.

La crítica se vuelve mucho más seria cuando el “criticón” se rebaja a utilizar vulgaridad y blasfemias. Nuestro Señor lo ha expresado con claridad: “no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre” (Mt 15:11).

¡Cuán frecuentemente caemos en este comportamiento! Y si alguien se atreve a comentarlo, cuán rápidamente nos justificamos con darle la culpa a otro: “él me enojó”, “ella me hizo…”.

Hay quienes deberían verse y oírse en DVD para de veras entender cómo actúan. Quedarían horrorizados. La mayoría de los seres humanos son personas decentes, pero muchos tienen lenguas inconsideradas. Gracias a Dios, los vulgares y blasfemos no constituyen sino que una pequeña parte de toda sociedad.

Una persona de confianza me explicó que en algunas culturas la blasfemia se tolera en los adolescentes como signo de “hombría” o pasaje a la edad adulta. Por esa razón toman el nombre del Señor en vano, dicen vulgaridades al respecto de la Santa Eucaristía y de la Virgen Madre de Dios, y no parecen tener ni la menor idea de la gravedad de la situación. Su ignorancia en este aspecto no cambia el hecho de que, objetivamente, caen en pecado mortal. Además, los adultos a su alrededor tienen el deber moral de educarlos en el Mandamiento: “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano, porque el Señor no dejará sin castigo al que tome Su nombre en vano.” (Ex 20:7).

No podemos andar por ahí hablando de Dios y de lo sagrado como si Dios y el próximo estuviesen sordos. Las personas a nuestro alrededor puede que no oigan bien (y “no hay peor sordo de quien no quiere oír”), pero Dios no padece de sordera. En las religiones mayores (Cristianismo, Judaísmo, e Islam)  el nombre de Dios es sagrado y algún otro nombre o título ha de usarse al referirse a Él, y ha de usarse con veneración, no con rabia, criticismo, o burla. Esto conlleva a preguntarnos por qué toleramos tales comportamientos inapropiados. ¿Es que no entendemos que la cultura debe mejorar la comunicación humana y aumentar el respeto hacia Dios y el próximo? O ¿es que creemos que “cultura” es lo que es tendencia y moda hoy en día?

Varios entre nosotros tienen este desagradable vicio a controlar. Para algunos es virtualmente imposible transcurrir un día sin hallar falla cada hora de las 24 horas. Critican, se quejan, insultan, o maldicen porque están irritados. Para empeorar las cosas, su irritación muy frecuentemente nada tiene a que ver con el objeto de sus críticas, o dicho objeto no es merecedor de tales críticas.

Hay quienes usan comentarios negativos para ocultar sus sentimientos de insuficiencia o para exaltarse sobre medida. El criticismo desenfrenado puede ser una forma muy destructiva de orgullo – tan destructiva que hasta contamina el ambiente en el que vivimos y trabajamos. Ofende algunos y aleja a otros, particularmente a seres queridos.

Algunas personas no tienen vergüenza de afirmar que no les importa si los demás se ofenden. Esta afirmación es moralmente una falla muy grave. San Pablo le recuerda a los feligreses de Corintio: “Ahora ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno individualmente un miembro de Él” (1Co 12:27). Hay que preguntarse si la persona a la que no le importa ofender al próximo de veras no le importa o acaso está desviando la culpa. Pues si no le importa, ¿cómo justifica esta persona su ser parte del cuerpo de Cristo?

No podemos olvidar que somos parte del cuerpo que criticamos, que condenamos, que maldecimos, que desfiguramos con nuestro orgullo y prejuicios, que humillamos en palabra y obra. Debemos recordar que el todo es mayor que la suma de las partes. El todo es Cristo.

Published in: on May 27, 2017 at 6:31 PM  Leave a Comment  

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