CANTEMOS AL AMOR


Kazimierowski_original_image_English_subtitleHay un himno clásico que dice, “Cantemos al amor de los amores . . . .”  En los momentos más difíciles de nuestra historia mundial y nuestra historia individual, estas palabras siempre han sido para mí palabras de gran aliento y ánimo.  En mi vida he perdido a seres queridos.  Algunos han muerto en tragedias, otros por edad, otros por enfermedad, y algunos por negligencia humana.  También he sufrido pérdidas económicas.

En una ocasión me encontraba viviendo y trabajando en un país de Suramérica donde ocurrió un golpe de estado.  Los extranjeros teníamos que salir del país cuanto antes posible.  Yo tenía una casa bien amueblada, dinero en el banco, recuerdos de muchos años: fotos, libros clásicos, documentos importantes.  Nada de eso podía sacar del país. Solo se nos permitía una maleta y una mochila por persona.  Si hubiese estado solo, quizás me hubiese quedado unos días más a ver como resultaban las cosas.  Pero no podía arriesgarlo. Mi hija se encontraba en otro país estudiando en la universidad.  Conmigo estaba mi hijo menor, que tenía doce años.  Sabía que tenía que salir hacia cualquier lugar donde mi niño y yo estaríamos a salvo y donde hubiera esperanza de volver a reunirnos con mi hija.

Es en este momento fue que Dios actuó en forma inesperada.  Cuando fui al cajero automático a retirar dinero para comprar los boletos en el aeropuerto, encontré que los bancos habían sido “congelados”.  No se podía retirar plata.  Llamé a uno de mis parientes mas proximos a pedirle que me ayudara, comprándome los boletos desde Estados Unidos.  Me respondió, “Eso no es asunto mío,” y comenzó a insultarme por mi “estupidez.”  “¿Quién te manda a servir a los pordioseros en un país del tercer mundo, pudiendo estar en Estados Unidos ganando buena plata y sin problemas políticos?”  No queriendo entrar en una discusión con él, simplemente le di las gracias y colgué el teléfono.

En ese momento, el diablo me tentó a la soberbia.  Me recordé cuando esa misma persona salió de la universidad sin trabajo, sin dinero y sin lugar donde vivir.  Durante seis meses vivió en mi casa.  Llegó el invierno y como no tenía un abrigo para el frío ni dinero para comprarlo, le compré uno como regalo de navidad.  Luego le di mi auto para que pudiera salir a entrevistas de trabajo.  Cuando me vinieron todas estas memorias, me di cuenta que no venían de Dios.  Dios no lleva contabilidad de las bendiciones que nos da.  Además, las bendiciones que Dios nos da son para el bien del prójimo.  En aquel entonces, el prójimo era él.  No podía negarle lo que Dios me había concedido para dar a otro cuando llegara el momento oportuno.

Sin pensarlo mucho, llamé a otro pariente proximo para pedirle ayuda.  Es un hombre adinerado.  Cuando le conté la situación y que tenía que salir del país urgentemente, me respondió, “Déjame pensarlo y yo te llamo.  El dinero que yo guardo es para mis hijos, no para darlo a otro.”   Yo sabía que esa avenida estaba cerrada.

Entonces me recordé de una buena amiga de muchos años.  Una viuda con dos hijas, que todavía vive en una casa humilde.  Me moría de pena, pero no me quedaba otro remedio que mendigar para salir de un país peligroso y sacar a mi hijo, aunque tuviera que dejar atrás miles de dólares en el banco y en propiedad.  No bien le conté mi situación a dicha amiga que me respondió, “No hay problema.  Ahora mismo llamo a la línea aérea y pago por teléfono con mi tarjeta de crédito.”

Al día siguiente, me encontré en un vuelo con destino a Miami, con mi niño de doce años que dormía con su cabeza apoyado de mí.  Por curiosidad, abrí su mochila y encontré un oso que su primo le regaló cuando cumplió un año y unos juegos de video.  Simplemente me sonreí, pues la Virgen protegió la inocencia de su niñez apesar de todo lo que estaba sucediendo.

En ese momento, mirando a las nubes sobre las cuales volábamos, escuche con los oídos de corazón, “Cantemos al amor de los amores.  Dios está aquí.”

La historia no termina ahí.  Al llegar a Miami, me recibió un pariente que yo había llamado para que me dejara pasar unos días en su casa en lo que encontraba trabajo y vivienda.  Cuando llegamos a la casa, nos asignó a dormir en un balcón encerrado, sin aire acondicionado…y a dormir en un sofá con mi hijo.  Así vivimos durante seis meses.  Cada noche, antes de dormir, el himno venía a mi mente.  “Cantemos al amor de los amores.  Dios está aquí.  Bendecid al Señor.”

Durante ese intervalo recibí una llamada de mi hermano.  “Mamá murió hace dos días.”  Me quedé atónito.  Era lo menos que esperaba.  Me encontraba sin techo, con un niño de doce años, sin trabajo y sin dinero, y ahora con la sorpresa que mi mamá había muerto.  Yo no tenía un centavo para comprar un pasaje y llegar a sus exequias.

Recuerdo haber acariciado el Tau (cruz franciscana en forma de la letra T).  Contacte’ un amigo que me presto el dinero para viajar al funeral de mi madre.  Por todo el camino, lo único que pasaba por mi mente era “Dios está Aquí.  Bendecid al Señor.”

Al fin conseguí empleo como profesor de ciencias en una escuela estatal.  La educación primaria no es mi especialidad, pero conozco las ciencias, así que pude enseñar el curso hasta encontrar un trabajo en mi campo.  Alquilamos una casita, que luego compramos.  Por un mes dormimos en el sofá que nuestro pariente no regaló, hasta cobrar mi primer mes y comprar camas para mi hijo y para mi.

Comparto todas estas cosas, no para que me tengan pena.  Al contrario, es mi gran deseo compartir con todo el que lea este blog que los golpes de la vida son golpes que Dios permite para purificar el alma.

Mientras más sufrimos en este mundo, con agradecimiento y sin ira y rebeldía, menos sufriremos nosotros y nuestros seres queridos en el Purgatorio.  Cada sufrimiento sirve para limpiarnos y purificar a nuestros seres queridos que están en el Purgatorio y dependen de nuestros sacrificios.  Nuestra rebeldía no les ayuda en nada.

Creo que es por eso que, a pesar de todos los momentos difíciles que he experimentado, tanto los que comparto aquí como los que no tengo tiempo para compartir, creo firmemente que no fueron casualidades.  Fueron oportunidades que Dios me dio para purificarme y para ayudar a purificar a las almas en el purgatorio.

Cuando se presentan estas oportunidades, no las debemos desperdiciar con ira y rebeldía.  Durante estos momentos Cristo Crucificado está muy cerca, permitiendo el sufrimiento y sosteniéndonos.  Aunque nos sentimos que nuestro corazón está rompiendose en pequeños pedacitos, nuestra alma es intocable y es afectada o por el pecado de rebeldía o por la gracia de la presencia de Dios… él es el amor de nuestros amores, y su presencia es nuestra verdadera posesión, no lo que hemos perdido o dejado atrás.  Todo eso le pertenece a Dios!

Cantemos al Amor de los Amores

¡cantemos al Señor!

Dios está aquí, venid adoradores…

¡Adoremos a Cristo Redentor!

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One CommentLeave a comment

  1. Adoremos a Cristo Redentor … Él apaga nuestra sed como un trago de agua fría en el desierto.
    Thank you for sharing such a beautiful witness of the love of loves.


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